Desde bien pequeño me han gustado los animales y mucho más desde que tengo a mi perra.
Ella es una westie de casi cinco añitos llamada Pebbles. Es muy alegre y pizpireta, siempre tiene ganas de mimos, de jugar y de salir a la calle.
Disfruto sacándola a pasear, aunque sean las siete de la mañana de un lunes, disfruto jugando con ella y abrazándola, besándola.
Me encanta llegar del instituto y escucharla ladrar anunciando mi llegada, y al verme, cómo menea su rabito alegremente y tratando de que la suba en brazos. Me encanta dormir con ella.
Pero, aunque haya un montón de cosas buenas, un perrito no deja de ser una responsabilidad tremenda. Cuando adoptas a uno, debes comprometerte a hacerte cargo de él durante el resto de su vida: cuando es un cachorrito, cuando es adulto y cuando es viejecito. Para lo bueno y para lo malo.
Un perro debería ser un miembro de la familia más, alguien que también necesita cuidados y cariño y que no dudará en darte besos o animarte cuando más lo necesites.
Mi perra es mi ángel: ella entiende cuando estoy triste, cuando estoy cansado. Me anima sin importar el día. ¿Por qué no hacemos nosotros lo mismo con ellos?
No alcanzo a comprender por qué les abandonan ni qué se consigue maltrándoles. ¿Por qué? Es injusto.
En este país se hacen leyes (PPP) para presuponer que un perro es peligroso, sin embargo no se hacen leyes para castigar a aquellos que realmente suponen un peligro: aquellos dueños que maltratan o abandonan a sus perros.
Me gustaría que todo el mundo supiera que tener un perrito es una experiencia genial y que nos hace ser mejores personas.





