ANA, DAVID, AITANA Y THAI

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Lo recuerdo como si fuese ayer. Yo  tan solo tenía unos 4 años.  En mi mano un “Popeye” de limón y frente a mí, a la carrera, un Gran Danes arlequín que efusivamente  me saludaba y me quitaba aquel helado de las manos. Yo me caí y reí, me gustaba aquel ser que me cubría de lametones. Mi madre a lo lejos. Espantada gritaba al dueño de aquel enorme perro.

No recuerdo mi infancia sin animales. Me seguían desde el cole a casa. Los metía en casa y luego me iba con ellos a dormir a la escalera. Sacaba camadas medio muertas de los contenedores de basura.  Nunca tuve ninguno…mis padres no querían.

Y crecí y viví sola. Y trabajaba y no me planteaba la adopción de un perro por falta de tiempo. Hasta que un día una amiga me pidió acompañarla a una protectora a ver cuál era la labor del voluntariado y allí mientras me presentaban el centro me cruce con una pareja de perros, Forzo (mestizo de American Staffordshire) y Nera (mestiza de pitbull).

Ese día solo nos cruzamos. A la semana siendo ya voluntaria me toco estar con ellos en un patio y vigilarles mientras corrían y disfrutaban de un poco de libertad fuera de su minúsculo chenil. Y desde ese día me robaron el corazón.

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Ella, Nera,  iba a ser sacrificada en breve por tener luxaciones en las rodillas traseras debido a los saltos desesperados que daba para poder ser liberada de ese chenil. Además ella fue adoptada apenas era un cachorro y devuelta al centro de acogida a los 6 años de edad y esa situación la mataba en vida. Lamia los azulejos del chenil con tanta frecuencia y ansia que empezaron a caer de la pared. Cada vez que alguien pasaba frente a ella para buscar un futuro perrito ella ladraba desesperada y daba vueltas sobre sí misma loca por irse de allí. Esa imagen no ayudaba y lo que era peor…era una perra PPP. La eutanasia la dejaría descansar y sus rodillas, su cabeza y su corazón dejarían de sufrir esa situación creada por unos humanos irresponsables que un día decidieron darla la espalda.

Él, Forzo, se dejaba llevar. Empezó a compartir ese nerviosismo y con su imagen de PPP que según algunos atemorizaba a cualquiera empezó a ser rechazado para una posible adopción. Era un PPP más que pasaba desapercibido para formar parte de un hogar.

Pero yo les conocía, les di la oportunidad de dejarse ver más alla de una boca inmensa (para mi una enorme sonrisa babeante jejej) y de un pecho potente y musculado. Y me robaron el corazón para siempre. Decidí adoptar a Nera y mi mejor a migo (compañero de piso por aquellos entonces) decidió que sin Forzo esa adopción no seria 100% perfecta y adoptamos el chenil completo, dejando una jaula vacía y no por un sacrificio injusto.

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Ahora soy madre y mi hija tiene 2 años. Vive rodeada de animales y educada en el respeto hacia ellos por su padre, David, y por mí. Ella no distingue de razas, distingue  energías y respeto que a veces un cachorrillo de caniche, dogo o mestizo no controla por su escasa edad. Dice: “este perrito zi guzta mama, este perrito no guzta mama” Y casualmente ZI GUZTAN los PPP.

 

 

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